─¿Cómo puede fumar con tanto calor?
A pesar de estar a la distancia recomendada y con el cubrebocas de nuevo colocado en el rostro, pude escuchar que le dijo con desagrado una a la otra, mientras esperaban en la parada del autobús.
Me desagrada fumar debajo del sol, aun así, fumé los últimos dos cigarrillos que me quedaban en la cajetilla para fastidiarlas. Pude haber buscado la sombra que ofrecía la palmera que se encontraba detrás de mí, pero me acerqué unos pasos más a ellas para que compartieran el agradable aroma de uno de segunda mano; ese humo que invita a encender un cigarrillo o incluso a pedirle uno a un extraño en la calle. Me sudaba la frente y tras colocar el tercero en mi boca, sentí como las gotas de sudor se colaban por el bigote.
El calor del cigarrillo naturalmente no aliviaría el calor de mi cuerpo. «¿Por qué no me decidí a ser mejor un alcohólico?» pensé, tomaría alcohol envuelto en una bolsa de papel para esconderlo cuando esperara el autobús y, aunque lo sudaría rápido, me excusarían diciendo que seguro lo bebía porque tenía calor. Al final, el alcohol es un líquido que sacia la sed bajo el calor y calienta el cuerpo en la nieve. ¡Qué buen remedio!, al parecer me había equivocado de vicio.
El fuego se avecinó a la colilla, no deseaba desprenderme de él, pero pronto llegaría al filtro y se acabaría. La cajetilla ahora se encontraba vacía y antes de ir a casa, debía pasar comprando una más.
Luego de apagar con la suela del zapato la colilla, volví a colocarme el cubrebocas. Como cosa rara, el autobús llegó justo a la hora que indicaba la cartelera.
─¿Nada?, ¿ahora es gratis? ─pregunté, el chofer asintió.
«Bueno, si uno se va a morir por infectarse dentro de un autobús, al menos no pagaré por ello», pensé. Agradecí la buena acción de nuestro presidente, hoy día nadie está para tirar un centavo.
Luego de diez minutos de haber subido al autobús, las ganas de fumar otro cigarrillo me obligaban a llevarme los dedos índice y anular a la nariz y presionándolos sobre el cubrebocas, olía lo que el tabaco les había impregnado; una costumbre de años. Me recordé de la existencia del virus y el miedo hizo que apartara los dedos con rapidez. No podía tocar nada. Me entretuve entonces moviendo el dedo gordo del pie derecho de arriba abajo, tratando de aliviar las ansias. Veía de reojo a los que, aparentemente, no deseaban encender un cigarrillo. Los envidiaba, estaban tan tranquilos revisando su teléfono o viendo tras la ventana frontal. Uno de ellos hasta estaba dormido. Y unos pocos, se me quedaban viendo, algo a lo que ya estaba acostumbrado, pues sabía que a muchos les molestaba que nosotros, los fumadores, apestáramos a cigarrillo, pero a mí me daba igual, yo no podía sentir ese olor excepto en mis dedos; me había acostumbrado a él. Algunos delicados pasajeros hasta tosían o se cambiaban de asiento, como si yo fuera un vagabundo que no se hubiera bañado en meses. Al menos ahora, podrían excusarse diciendo que se apartaban por el distanciamiento social impuesto.
Pedí la parada y el autobús se detuvo a pocos minutos de mi destino. Caminé con dificultad y con cuidado de no infectarme, evitando a toda costa apoyarme en los bordes de los asientos. Mi marcha era torpe y lenta; tenía miedo de que el vendaje del pie se deshiciera y que la herida quedara expuesta.
─¿Podrías colocar la plataforma?
El chofer miró hacia mi pierna y luego al bastón. Abrió la plataforma. Noté que la chica que estaba sentada al frente frunció el ceño en señal de desagrado. No pude dejar de molestarme. Le deseé que cuando llegara a mi edad estuviera igual o peor que yo, quizá con dos enfermedades más, agregando su inevitable menopausia. «¿No tiene algo mejor que hacer, más que ver su teléfono todo el día? De seguro se está preparando para cambiar al mundo», me dije. Caminé sobre la plataforma con cierta inseguridad; ya no era vergüenza, se trataba ahora de miedo. Sentí seguridad hasta pisar el concreto. Volteé a ver cómo la plataforma se incorporaba nuevamente y el autobús se enderezaba. La chica me seguía viendo con desprecio, le devolví la misma mirada maldiciéndola a viva voz, pero probablemente no lo notó porque el cubrebocas me cubría los labios.
Apoyado en el bastón, caminé hacia la esquina para pedir la vía y poder cruzar a la otra calle. ¡Vaya qué hacía calor!, pero las ganas de fumar permanecían. Mientras esperaba a que el semáforo diera en rojo, un peatón se colocó detrás de mí, oí el chasquido del encendedor, volteé con cierto disimulo. En otros tiempos hasta hubiera entablado un par de palabras. El sol le atizaba el rostro y él se ayudaba con las cejas a hacerle sombra a los ojos. Exhalaba placenteramente ese humo caliente de sus pulmones sin impedimento del cubrebocas, pues este se encontraba debajo de la barbilla. El semáforo nos anunció que podíamos avanzar. El fumador me rebasó sin dificultad, mientras esparcía todo el producto que desechaba por la boca. Yo no quería estropearme el vendaje, por lo que me retrasé más de la cuenta. Apenas alcancé la mitad del cruce de la calle cuando el semáforo dio luz verde. La fila de automóviles de la izquierda empezó a avanzar, los sentí detrás de mí, como si fuera el viento que acompaña a las olas del mar en una tempestad. La mano que sostenía el bastón estaba empapada en sudor, temí que se me fuera a resbalar. El mango era de goma, pero al ser este el que la difunta madre de Víctor había usado, la goma más bien era lisa. Intenté apresurarme, las líneas de las cebras se me hacían interminables; me apenaba pensar que los que estaban en sus autos esperando estuvieran lanzando insultos. Ahora que lo pienso, no debió importarme, esos cretinos, ¿qué se creen?, ¿acaso no pueden darle unos cuántos segundos a un viejo como yo? ¡No son nadie!
Vi la hora en el teléfono, había llegado un cuarto de hora más temprano. Si hubiera tenido un cigarrillo me lo hubiera fumado antes de entrar al lugar. Era la primera vez que iba, y me costó trabajo ubicar dónde se encontraba el elevador. Si no hubiera tenido la lesión de igual forma no hubiera subido las gradas, la última vez que lo intenté casi hago llamar a urgencias.
Una señorita abrió la puerta del vestíbulo de la clínica y me dijo que retrocediera. Me dio indicaciones muy precisas que olvidé en ese mismo instante. Le pedí que me las repitiera.
─Dejaré la puerta abierta, no la cierre, al entrar diríjase a la mesa que está en aquella esquina, deje su bastón pegado a la pared. Vierta alcohol en gel en sus manos, espere a que este se seque. Luego, colóquese la bata desechable y amarre las cintas a su cintura, nuevamente vierta el alcohol en gel en sus manos y espere a que se seque. Colóquese los guantes desechables, luego la pantalla facial en su frente y siéntese. No toque nada. Le avisaremos cuando la doctora esté lista para atenderle.
Enumeré las instrucciones como si estuviera en la escuela primaria. Afortunada y vergonzosamente, la señorita se quedó en el vestíbulo a una distancia prudente, pero sin dejar de custodiarme. Varias veces me repitió los pasos, teniendo que repetir el de colocarme los guantes, pues tuve que quitármelos y volver a colocármelos porque había olvidado verter el gel en mis manos. Nuevamente, con torpeza y lentitud avancé hasta la silla que se me había ofrecido. La clínica, apenas estaba iluminada por una luz tenue que entraba en la ventana, se veía desolada, con sus asientos vacíos y dueña de una tranquilidad que no le pertenecía, pues afuera de ella, ¿qué estarían haciendo sus enfermos a esta hora para contrarrestar sus males? Me sentí de cierta forma privilegiado, habían abierto las puertas por mí, a pesar de que el personal tenía tanto miedo a infectarse como yo. Pensaba que ellas, por estar en una clínica donde se alberga el virus, podrían infectarme, mientras ellas pensaban que yo, por venir de la calle, donde la gente transmite el virus, podría infectarlas.
Los anuncios colocados en la pared, que advertían sobre cómo denunciar la violencia contra la mujer, niños o adultos mayores, me entretuvieron hasta que oí pronunciar mi nombre. Busqué instintivamente el bastón, pero al verlo recostado en la pared, recordé que no podía usarlo. Mis pasos fueron más lentos que los anteriores. Me cansé con facilidad, mis piernas aún no se habían acostumbrado tras la cirugía. ¿Quién se acostumbraría a no tener dos dedos en un pie? Por algo se nos dio cinco y no tres. «Se recuperará pronto con fisioterapia», afirmó la podóloga que los amputó, «bueno, cuando la reanuden, ya sabe, por el virus la han cerrado, lo razonable es que nadie se exponga, pues ahora no se pueden compartir las máquinas de ejercicio». De cualquier manera, no tengo seguro médico, y quién puede pagar doscientos dólares por una hora de sesión.
─Siéntese aquí, la doctora no tarda en venir.
El lugar que debía ser acogedor se volvió espeluznante. Con dificultad mantenía mis manos sobre los muslos, pero mis codos aún se posaban en los brazos de la silla. Sentí un leve vahído, pero ¿qué podía yo hacer? Solo un anoréxico se hubiera sentado sin tocar los bordes de la silla. Todos estábamos condenados a rozar la piel o las prendas de vestir con la tela de la silla. Percibí su textura que fue hecha con la finalidad de ofrecer comodidad, pero ahora, se había convertido en áspera y traspasaba la piel hasta los nervios, modificando mi tranquilidad, volviéndome un ser a quién el miedo se apoderaba de sí. Los minutos de la espera se hicieron una tortura, sin embargo, quizá, por mi forma de ser ─pues no soy una persona que pueda estar en un estado de alerta o felicidad por mucho tiempo, ya que no es bueno para la salud manejarse en esas direcciones─, el miedo se fue disipando conforme la manecilla del minutero del reloj de la pared avanzaba.
─Señor Smith, soy la doctora Barrantes.
Entró de repente, apenas me dio tiempo de reaccionar. Se me dificultó escuchar lo que decía, pues tenía un fuerte acento, al parecer latino, que no contrastaba con sus rasgos filipinos, y, debajo de el cubrebocas, la opaca voz apenas podía ser distinguida. Se disculpó diciendo que no cerraría la puerta con el fin de tener una mayor ventilación. Vestía como si trabajara haciendo cohetes para la NASA. Toda ella estaba envuelta en un manto blanco, impenetrable. Me sentí un tanto ofendido, «solo verá mi pie señorita, no mi trasero» pensé. Recordé cuando fue la pandemia de VIH, aquello también dio miedo, pero yo ni estuve enfermo en aquella ni en esta. Y si le temían a mi tos, no era de preocuparse, pues era la misma de siempre.
─Diabetes, hipertensión, colesterol alto y enfermedad arterial periférica, ¿alguna otra?
─Con esas son suficientes ─le respondí.
─Tengo entendido que fuma ─aquí vamos, la incómoda plática del verdugo─. Hablaremos luego de eso ─agregó, mientras revisaba en el ordenador el expediente. Ojalá se le olvidara aquello del cigarrillo─. ¿Cómo está su pie ahora?
─No me duele, pero está rojo. Lo he estado vendando cómo se me indicó, pero desde hace dos días vi que estaba supurando algo amarillo, no apesta, pero me preocupa. Ya casi no tengo antibiótico y siento que aún está infectado.
Me pidió que me quitara el calzado. Por alguna razón, los guantes dificultaron la tarea de desatar las cintas del tenis. El apretado calcetín liberó miles de partículas provenientes de las escamas de mi reseco pie, que flotaron alrededor de la habitación. Sus ojos almendrados cubiertos por las gafas seguían con rapidez la acción; la presencia del cubrebocas y la pantalla facial me impidió ver la expresión en su rostro, pero cualquiera puede imaginarse que la doctora se había impresionado como una niña al ver como estos caían sobre su inmaculada clínica. Nadie estaba preparado para una situación como aquella.
─¿Siente el pie cuando camina? ─preguntó señalando la herida─. Como dicen los budistas, «el pie siente el pie cuando está en el suelo» ─aclaró para amenizar la plática.
─No, no lo siento.
─Es probable que por eso no le duela. Vea, tiene un nuevo callo en el dedo gordo. Lo lamento, debo tocar el pie para sentir si hay un absceso dentro de él. ¿Está bien si lo hago?
Nadie me había tocado desde que salí del hospital, a pocos días que empezara la pandemia. Asentí con cierto temor, acepté a sentir dolor por la lesión, vergüenza por mi higiene y miedo por el contagio, pero al menos, alguien me tocaría.
Quitó el vendaje. Utilizó el dorso de la mano para sentir la temperatura del hinchado y rojizo pie. Al infringir una especie de masaje, sentí a lo lejos unas punzadas que retrajeron impulsivamente el pie, ella disminuyó la intensidad de los apretones. Levantó el pie por el talón, visualizó toda la planta y finalizó husmeando entre los tres dedos que me quedaban. Dejó mi pie sobre el calcetín que estaba en el suelo. Se levantó, se quitó los guantes, los depositó en el cesto de basura y se lavó las manos. Se puso unos guantes nuevos y, como si se acordara de mí, me dijo que ya podía volver a colocarme el zapato.
─Siempre le coloco un vendaje.
Ella me dirigió una mirada con cierta aflicción, como si se avergonzara de su descuido, dio unos pasos hacia la puerta y gritó para llamar a la enfermera, al llegar esta, le pidió de favor que consiguiera las vendas.
─Esto es todo lo que tenemos ─le dijo luego de un par de minutos de espera.
La doctora recibió los paquetes y buscando entre ellos encontró el que más se ajustaba a lo que me quedaba de pie. Sin dirigirme la mirada, hizo con su mano un gesto para que lo levantara. Lo envolvió en forma de lemniscata, pero no me sentía seguro con aquel vendaje. «Debió apretarlo más», pensé, pues se podría estropear al colocarme el tenis de nuevo. Sin embargo, no dije nada, tenía pena de incomodarla.
─¿Vive con alguien? ─preguntó mientras se lavaba las manos─, o ¿alguien se puede hacer cargo de usted en estos días? ¿Un familiar, amigo o vecino que le cuide?
Por fin deduje que era latina pues, al igual que Víctor, siempre hacían más de una pregunta a la vez. Su pensamiento es tan desorganizado como sus países.
─Vivo solo, mi exesposa y mi hija están en Arizona ─guardé silencio─. Hace años que no les hablo ─agregué sin darme cuenta.
La expresión en el intento de unión del entrecejo me indicó que me observaba con lástima, si se quiere decir una palabra menos deplorable, podríamos usar: empatía, pero no me avergoncé, a decir verdad, me gustó que por primera vez alguien se preocupara por mí. Pueden llamar a mi comportamiento infantil, se los permitiré por esta vez. Tenía años de que nadie se preocupara por mí, me sentí valorado, al menos durante los veinte minutos que duró el encuentro.
─Su pie aún presenta signos de infección ─temía que lo mencionara─. El último cultivo del hospital es sensible al antibiótico que le recetaron. Afortunadamente la clínica cuenta con una muestra médica que una farmacéutica donó, le extenderé la prescripción por dos semanas más y le llamaré en cuarenta y ocho horas para ver si sus síntomas han mejorado. Si empeoran o siente algún otro síntoma, como: fiebre, malestar general o un nuevo dolor en el pie, comuníquese a la clínica o vaya directo a la emergencia de un hospital. Su azúcar está bien ─añadió viendo la pantalla del ordenador─, pero nada de esto servirá si usted no deja de fumar ─esta vez, me dirigió la mirada─. El dedo gordo tiene un callo y la infección de la primera amputación lo amenaza en su base. Debe dejar de fumar o si no perderá el dedo y, eventualmente, el pie.
El conocido sermón se acompañó esta vez con panfletos. Hubo uno que me llamó la atención, era el Hotline para fumadores. ¿Una línea especial que atiende a fumadores las veinticuatro horas del día?, entiendo las líneas de suicidio, pero ¡vamos!, un cigarrillo no me va a matar.
─El cuerpo humano es maravilloso y responde muy bien al cambio; se recupera. Si deja de fumar hoy, en veinticuatro horas su cuerpo estará libre de nicotina ─esa no es una buena noticia─; en un mes su tos habrá disminuido y sentirá que le falta menos el aire cuando haga algún tipo de ejercicio; en tres años, su riesgo de sufrir un infarto se habrá reducido a la mitad; y lo mejor, en quince años, el riesgo de padecer de enfermedades coronarias estará al mismo nivel que el de una persona que nunca ha fumado ─¡quince años!─. Además, disminuirá el riesgo de padecer de doce diferentes tipos de cáncer: de boca y de tráquea, de laringe, de esófago, de pulmón…
La doctora pensaba que todo era tan fácil como hablar, de verdad estaba desentonada con la realidad. Mientras me arrojaba sus palabras, yo no hacía más que pensar dónde estaría el establecimiento más cercano para comprar cigarrillos.
─Según su expediente, antes de la operación fumaba dos cajetillas al día, eso significa que al menos, cada media hora se fumaba un cigarrillo. Ahora, entiendo que usted fuma una cajetilla diaria, una dosis casi cada hora. Dese cuenta, usted es el que consigue el dinero para comprar el cigarrillo, el que prende el encendedor para darle lumbre, el que lo coloca en sus labios y quien termina por inhalarlo. Usted ─dijo con un tono imperativo que me hizo sentir señalado a pesar de que no movió ningún dedo─ es el que tiene el poder de cambiar su vida.
«¿Eso es legal? Hablarle así a un paciente, ¿es legal?» Me pregunté. No sé qué cara vio en mí para dirigirme esas palabras, quizá cierta desatención, pero mi quijada se había tensado. Cierto era que ahora ahorraba dinero, pasé de gastar 112 dólares a 56 por semana. Aun así, qué derecho tenía esta señorita de hablarme como si fuera mi madre.
─Es fácil decirlo.
─No hay otra opción, o es esa o la amputación.
Terminó diciendo esto encogiéndose de hombros, como quien dice que ahora era solamente mi problema y que solamente yo podría solucionarlo. Estuve a punto de insultarla. Qué sabía ella de mí, cree que solo por leer un par de documentos puede encasillarme en una especie de celda que compartiría con los demás diabéticos, hipertensos y fumadores. O le parecería mejor recordarme con el equipo de los caucásicos de piel seca asoleados con una o varias amputaciones; con el limosnero, el vagabundo, el divorciado que no cuenta con un apoyo familiar, él que espera ansiosamente llegar a los 65 años para contar con la mísera ayuda que brinda Medicare. ¡Yo soy diferente!, ¡yo sí puedo salir de este hoyo! Y se lo demostraré a esa, que viene de un país donde habitan los simios, que ni han de saber cómo se enciende un puto cigarrillo, es ella la ignorante, no yo. ¡En un mes! ¡En un mes le demostraré que es lo que puede hacer un americano!
Salí del cuarto cojeando, no por dolor, pues no sentía nada en la planta del pie, sino para prevenir que el inadecuado vendaje de la señorita, que la habían apodado doctora, cambiara de lugar del que había sido colocado holgadamente. Me pidieron que me sentara en una de las sillas del desolado vestíbulo. Me entretuve viendo las paredes corintas de tono mate y cómo en el zócalo variaba de tonalidades a más oscuras, daba la impresión de que no lo habían retocado en años. La enfermera salió a entregarme el refill de los medicamentos para tres meses. Me repitió dos veces sobre la toma de metformina, y yo tuve que pedirle que lo hiciera una vez más, pues no había comprendido por qué ahora debía tomar dos tabletas en la mañana y dos en la tarde, cuando antes solo me tomaba una y una.
─Es debido a que las muestras médicas que nos han donado ahora vienen en 500 mg y usted esta en una dosis de 2 g por día. Por ello, ahora debe tomar dos en la mañana y dos en la noche.
─¿No es demasiado?
─No, es la misma dosis, pues 500 mg más 500 mg hacen 1 g… 1000 mg es 1 g.
─Comprendo ─repuse sin entender del todo. No me quedaba más que confiar en ella.
─Recuerde tomar el antibiótico como es debido. La clínica cuenta con cupones canjeables en un supermercado ─agregó extendiéndome un fardo desprendible de ellos─. Algunos ofrecen descuentos, en otros no tiene que pagar nada por la comida.
La vi con un agradecimiento que hubiera ofendido hasta la propia Madre Teresa, aún así, no me atreví a rechazarlos, «nadie en estos tiempos lo hubiera hecho», le reafirmé a mi dignidad.